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El conocimiento de la historia de las religiones es muy provechoso para toda persona con inquietudes religiosas. En primer lugar porque se da cuenta que no es verdad lo que muchas veces se dice que “todas las religiones son iguales”. Al contrario, cada una tiene unas características que la hacen original dentro de la historia de los pueblos. Además, el conocimiento de la historia de las religiones nos hace sensibles a una característica del espíritu humano: la búsqueda de lo absoluto (de Dios, en definitiva) ha sido una constante de la humanidad a lo largo de los siglos; en Él se ha querido encontrar un sentido para la vida y para la muerte y una respuesta a los interrogantes más profundos de la persona humana.

Finalmente, conocer las religiones de la humanidad puede ayudarnos a comprender la actitud ante la vida de personas de otras culturas, iniciándose así un posible diálogo, lleno de comprensión y de tolerancia, hacia el que piensa distinto de nosotros.

El cristiano tiene también una razón suplementaria para interesarse por las religiones de la humanidad. Su conocimiento nos permite comprender lo que tiene de nuevo y decisivo la afirmación fundamental del cristianismo: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14), abriendo así nuevas perspectivas para la mejor comprensión de la propia fe.

En esta serie de artículos, destinados principalmente a los jóvenes, nos proponemos ir desarrollando brevemente lo más característico de las principales religiones de la humanidad, en busca de una mejor comprensión de sus doctrinas y de un diálogo sincero con ellas desde las propias posiciones religiosas. Comenzamos esta serie con el Budismo, una de las religiones vivas de la humanidad que nos resulta más difícil de comprender a los creyentes formados en las religiones monoteístas de Occidente.