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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II A LOS JÓVENES DEL MUNDO
CON OCASIÓN DE LA CELEBRACIÓN EL 4 DE ABRIL DE 2004 DE LA
XIX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
«Queremos ver a
Jesús»
¡Queridos jóvenes!
1. El año 2004 constituye la última etapa
antes de la gran cita de Colonia, donde en el año 2005 se celebrará la
XX Jornada Mundial de la Juventud. Os invito, por tanto, a intensificar
vuestro camino de preparación espiritual, meditando en el tema que he
escogido para esta XIX Jornada Mundial «Queremos ver a Jesús» (Juan 12,
21).
Es la pregunta que unos «griegos»
hicieron un día a los apóstoles. Querían saber quién era Jesús. No se
trataba simplemente de saber cómo era el hombre Jesús. Movidos por una
gran curiosidad y por el presentimiento de que encontrarían respuesta a
sus preguntas fundamentales, querían saber quién era verdaderamente y de
dónde venía.
2. Queridos jóvenes, os invito también a vosotros a
imitar a esos «griegos» que se dirigieron a Felipe, movidos por el deseo
de «ver a Jesús». Que vuestra búsqueda no esté motivada sólo por la
curiosidad intelectual, que ya de por sí es un valor, sino que esté
alentada sobre todo por la íntima exigencia de encontrar la respuesta a
la pregunta por el sentido de vuestra vida. Al igual que el joven rico
del Evangelio, buscad también vosotros a Jesús para plantearle la
pregunta: «¿Qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» (Marcos
10, 17).
El evangelista Marcos aclara que
Jesús fijó en él su mirada y le amó. Recordad también otro pasaje, en el
que Jesús le dice a Natanael: «Antes de que Felipe te llamara, cuando
estabas debajo de la higuera, te vi», sacando del corazón de aquel
israelita en el que no había engaño (Cf. Juan 1, 47) una bella profesión
de fe: «Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Juan 1, 49).
Quien se acerca a Jesús con un corazón libre de prejuicios puede llegar
más fácilmente a la fe, pues ha sido Jesús mismo quien le ha visto y
amado antes. El aspecto más sublime de la dignidad del hombre está
precisamente en su vocación de comunicarse con Dios en este profundo
intercambio de miradas que transforma la vida. ¡Para ver a Jesús, es
necesario ante todo dejarse guiar por él!
El deseo de ver a Dios se encuentra
en el corazón de todo hombre y de toda mujer. Queridos jóvenes, dejaos
mirar a los ojos por Jesús para que crezca en vosotros el deseo de ver
la Luz, de experimentar el esplendor de la Verdad. Ya sea que seamos o
conscientes o no, Dios nos ha creado porque nos ama para que por nuestra
parte le amemos. Este es el motivo de la inapagable nostalgia de Dios
que el ser humano lleva en el corazón: «Tu rostro busco, Señor, no me
escondas tu rostro» (Salmo 27, 8). Este rostro, como sabemos, Dios nos
lo ha revelado en Jesucristo.
3. ¿Queréis también vosotros, queridos jóvenes,
contemplar la belleza de este rostro? Esta es la pregunta que os dirijo
en esta Jornada Mundial de la Juventud del año 2004. No respondáis
demasiado de prisa. Ante todo haced silencio en vuestro interior. Dejad
que emerja desde lo profundo del corazón ese ardiente deseo de ver a
Dios, deseo en ocasiones sofocado por los ruidos del mundo y por las
seducciones de los placeres. Dejad que emerja ese deseo y haréis la
maravillosa experiencia del encuentro con Jesús. El cristianismo no es
simplemente una doctrina; es un encuentro en la fe con Dios, presente en
nuestra historia con la encarnación de Jesús.
Tratad con todos los medios de que
este encuentro sea posible, dirigiendo la mirada hacia Jesús que os
busca apasionadamente. Buscadle con los ojos de la carne en los
acontecimientos de la vida y en el rostro de los demás; pero buscadle
también con los ojos del alma a través de la oración y de la meditación
de la Palabra de Dios pues «la contemplación del rostro de Cristo se
centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura» («Novo
millennio ineunte», 17).
4. Ver a Jesús, contemplar su rostro, es un deseo
inapagable, pero es también un deseo que el ser humano por desgracia
puede deformar. Es lo que sucede con el pecado, cuya esencia está
precisamente en distraer los ojos del Creador para dirigirlos a la
creatura. Aquellos «griegos» que buscaban la verdad no hubieran podido
acercarse a Cristo, si su deseo, alentado por un acto libre y
voluntario, no se hubiera concretado en una decisión clara: «Queremos
ver a Jesús». Ser verdaderamente libres significa tener la fuerza para
escoger a Aquél por el que hemos sido creados y para aceptar su señorío
en nuestra vida. Lo percibís en lo profundo de vuestro corazón: todos
los bienes de la tierra, todos los éxitos profesionales, el mismo amor
humano que soñáis no podrán satisfacer plenamente vuestras expectativas
más íntimas y profundas. Sólo el encuentro con Jesús podrá dar pleno
sentido a vuestra vida: «Nos hiciste, Señor, para ti e inquieto está
nuestro corazón hasta que descanse en ti» escribió san Agustín
(«Confesiones», I, 1). No os dejéis distraer en esta búsqueda.
Perseverad en ella, porque de ello depende vuestra plena realización y
vuestra alegría.
5. Queridos amigos, si aprendéis a descubrir a Jesús
en la Eucaristía, sabréis descubrirlo también en vuestros hermanos y
hermanas, en particular en los más pobres. La Eucaristía recibida con
amor y adorada con fervor se convierte en escuela de libertad y de
caridad para realizar el mandamiento del amor. Jesús nos habla el
lenguaje maravilloso de la entrega de sí y del amor hasta el sacrificio
de la propia vida. ¿Es algo fácil? No, ¡lo sabéis! El olvido de sí no es
fácil; aleja del amor posesivo y narcisista para abrir al hombre a la
alegría del amor que se entrega. Esta escuela eucarística de libertad y
de caridad enseña a superar las emociones superficiales para arraigarse
firmemente en lo que es verdadero y bueno; libera de la cerrazón en uno
mismo y predispone a la apertura a los demás; enseña a pasar de un amor
afectivo a un amor efectivo. Porque amar no es sólo un sentimiento; es
un acto de voluntad que consiste en preferir de manera constante el bien
del otro al bien propio: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida
por sus amigos» (Juan 15, 13).
Con esta libertad interior y esta
ardiente caridad Jesús nos enseña a encontrarle en los demás, en primer
lugar en el rostro desfigurado del pobre. A la beata Teresa de Calcuta
le gustaba entregar una «tarjeta de visita» en la que estaba escrito:
«Fruto del silencio es la oración; fruto de la oración la fe, fruto de
la fe el amor, fruto del amor el servicio, fruto del servicio la paz».
Este es el camino del encuentro con Jesús. Salid al paso de todos los
sufrimientos humanos con el empuje de vuestra generosidad y con el amor
que Dios infunde en vuestros corazones por medio del Espíritu Santo: «En
verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más
pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 40). ¡El mundo tiene
necesidad urgente del gran signo profético de la caridad fraterna! No es
suficiente, de hecho, «hablar» de Jesús; en cierto sentido hay que
hacérselo «ver» con el testimonio elocuente de la propia vida (Cf. «Novo
millennio ineunte», 16).
Y no os olvidéis de buscar a Cristo y
de reconocer su presencia en la Iglesia. Es como la prolongación de su
acción salvadora en el tiempo y en el espacio. En ella y por medio de
ella Jesús sigue haciéndose visible hoy y haciendo que le encuentren los
hombres. En vuestras parroquias, movimientos y comunidades, acogeos
mutuamente para hacer que crezca la comunión entre vosotros. Este es el
signo visible de la presencia de Cristo en la Iglesia, a pesar del opaco
diafragma que con frecuencia interpone el pecado de los hombres.
6. No os sorprendáis, después, si en vuestro camino os
encontráis con la Cruz. ¿Acaso no dijo Jesús a sus discípulos que el
grano de trigo tiene que hundirse en la tierra y morir para poder dar
mucho fruto? (Cf. Juan 12, 23-26). Con estas palabras quería decir que
su vida entregada hasta la muerte sería fecunda. Ya lo sabéis: tras la
resurrección de Cristo, la muerte no tendrá la última palabra. El amor
es más fuerte que la muerte. Si Jesús aceptó morir en la cruz, haciendo
de ella el manantial de la vida y el signo del amor, no es ni por
debilidad, ni por gusto por el sufrimiento. Es para alcanzarnos la
salvación y hacernos ya desde ahora partícipes en su vida divina.
Esta es precisamente la verdad que
quise recordar a los jóvenes del mundo al entregarles una gran Cruz de
madera al final del Año Santo de la Redención, en 1984. Desde entonces,
ha recorrido los diferentes países preparando vuestras Jornadas
Mundiales. Centenares de miles de jóvenes han rezado en torno a esa
Cruz. Al poner a su pies el peso que cada uno lleva en sus espaldas, han
descubierto que son amados por Dios y muchos han encontrado también la
fuerza para cambiar de vida. Este año, en el vigésimo aniversario de
aquel acontecimiento, la Cruz será acogida solemnemente en Berlín, desde
donde recorrerá toda Alemania en peregrinación hasta llegar el próximo
año a Colonia. Deseo repetiros hoy las palabras que pronuncié entonces:
«Queridos jóvenes..., ¡os confío la Cruz de Cristo! Llevadla por el
mundo como signo del amor del Señor Jesús por la humanidad y anunciad a
todos que sólo hay salvación y redención en Cristo, muerto y
resucitado».
7. Vuestros contemporáneos esperan que seáis los
testigos de Aquél con el que os habéis encontrado y que es vuestra vida.
Sed testigos intrépidos en la vida cotidiana del amor que es más fuerte
que la muerte. ¡A vosotros os corresponde recoger el desafío! Poned
vuestros talentos y vuestro ardor juvenil al servicio del anuncio de la
Buena Noticia. Sed los amigos entusiastas de Jesús que presentan al
Señor a quienes desean verle, sobre todo a quienes están más lejos de
Él. Felipe y Andrés llevaron a aquellos «griegos» a Jesús: Dios se sirve
de la amistad humana para llevar los corazones al manantial de la
caridad divina. Sentíos responsables de la evangelización de vuestros
amigos y de todos los de vuestra edad.
Que la Bienaventurada Virgen María,
que durante toda la vida se dedicó asiduamente a la contemplación del
rostro de Cristo os guarde constantemente bajo la mirada de su Hijo (Cf.
«Rosarium Virginis Mariæ», 10) y que os apoye en la preparación de la
Jornada Mundial de Colonia, a la que os invito a prepararos ya desde
ahora con entusiasmo responsable y efectivo. La Virgen de Nazaret, como
madre atenta y paciente, modelará en vosotros un corazón contemplativo y
os enseñará a fijar la mirada en Jesús para que, en este mundo que pasa,
seáis profetas del mundo que no muere.
Con afecto os imparto una especial
bendición para que os acompañe en vuestro camino.
Desde el Vaticano, 22 de febrero de
2004
Juan Pablo II
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