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HOMILÍA DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
EN LA CELEBRACIÓN DE LA
XXII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
Queridos hermanos y hermanas:
En la procesión del domingo de Ramos nos
unimos a la multitud de los discípulos que, con gran alegría, acompañan
al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, alabamos al Señor
aclamándolo por todos los prodigios que hemos visto. Sí, también
nosotros hemos visto y vemos todavía ahora los prodigios de Cristo: cómo
lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y a
ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y
mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira, para
difundir en el mundo la verdad; cómo, en secreto, induce a hombres y
mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde
había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad.
La procesión es, ante todo, un testimonio
gozoso que damos de Jesucristo, en el que se nos ha hecho visible el
rostro de Dios y gracias al cual el corazón de Dios se nos ha abierto a
todos. En el evangelio de san Lucas, la narración del inicio del cortejo
cerca de Jerusalén está compuesta en parte, literalmente, según el
modelo del rito de coronación con el que, como dice el primer libro de
los Reyes, Salomón fue revestido como heredero de la realeza de David
(cf. 1 R 1, 33-35). Así, la procesión de Ramos es también una procesión
de Cristo Rey: profesamos la realeza de Jesucristo, reconocemos a Jesús
como el Hijo de David, el verdadero Salomón, el Rey de la paz y de la
justicia.
Reconocerlo como rey significa aceptarlo
como aquel que nos indica el camino, aquel del que nos fiamos y al que
seguimos. Significa aceptar día a día su palabra como criterio válido
para nuestra vida. Significa ver en él la autoridad a la que nos
sometemos. Nos sometemos a él, porque su autoridad es la autoridad de la
verdad.
La procesión de Ramos es —como sucedió en
aquella ocasión a los discípulos— ante todo expresión de alegría, porque
podemos conocer a Jesús, porque él nos concede ser sus amigos y porque
nos ha dado la clave de la vida. Pero esta alegría del inicio es también
expresión de nuestro "sí" a Jesús y de nuestra disponibilidad a ir con
él a dondequiera que nos lleve. Por eso, la exhortación inicial de la
liturgia de hoy interpreta muy bien la procesión también como
representación simbólica de lo que llamamos "seguimiento de Cristo":
"Pidamos la gracia de seguirlo", hemos dicho. La expresión "seguimiento
de Cristo" es una descripción de toda la existencia cristiana en
general. ¿En qué consiste? ¿Qué quiere decir en concreto "seguir a
Cristo"?
Al inicio, con los primeros discípulos, el
sentido era muy sencillo e inmediato: significaba que estas personas
habían decidido dejar su profesión, sus negocios, toda su vida, para ir
con Jesús. Significaba emprender una nueva profesión: la de discípulo.
El contenido fundamental de esta profesión era ir con el maestro,
dejarse guiar totalmente por él. Así, el seguimiento era algo exterior
y, al mismo tiempo, muy interior. El aspecto exterior era caminar detrás
de Jesús en sus peregrinaciones por Palestina; el interior era la nueva
orientación de la existencia, que ya no tenía sus puntos de referencia
en los negocios, en el oficio que daba con qué vivir, en la voluntad
personal, sino que se abandonaba totalmente a la voluntad de Otro. Estar
a su disposición había llegado a ser ya una razón de vida. Eso implicaba
renunciar a lo que era propio, desprenderse de sí mismo, como podemos
comprobarlo de modo muy claro en algunas escenas de los evangelios.
Pero esto también pone claramente de
manifiesto qué significa para nosotros el seguimiento y cuál es su
verdadera esencia: se trata de un cambio interior de la existencia. Me
exige que ya no esté encerrado en mi yo, considerando mi
autorrealización como la razón principal de mi vida. Requiere que me
entregue libremente a Otro, por la verdad, por amor, por Dios que, en
Jesucristo, me precede y me indica el camino. Se trata de la decisión
fundamental de no considerar ya los beneficios y el lucro, la carrera y
el éxito como fin último de mi vida, sino de reconocer como criterios
auténticos la verdad y el amor. Se trata de la opción entre vivir sólo
para mí mismo o entregarme por lo más grande. Y tengamos muy presente
que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han
convertido en persona. Siguiéndolo a él, entro al servicio de la verdad
y del amor. Perdiéndome, me encuentro.
Volvamos a la liturgia y a la procesión de
Ramos. En ella la liturgia prevé como canto el Salmo 24, que también en
Israel era un canto procesional usado durante la subida al monte del
templo. El Salmo interpreta la subida interior, de la que la subida
exterior es imagen, y nos explica una vez más lo que significa subir con
Cristo. "¿Quién puede subir al monte del Señor?", pregunta el Salmo, e
indica dos condiciones esenciales. Los que suben y quieren llegar
verdaderamente a lo alto, hasta la altura verdadera, deben ser personas
que se interrogan sobre Dios, personas que escrutan en torno a sí
buscando a Dios, buscando su rostro.
Queridos jóvenes amigos, ¡cuán importante
es hoy precisamente no dejarse llevar simplemente de un lado a otro en
la vida, no contentarse con lo que todos piensan, dicen y hacen,
escrutar a Dios y buscar a Dios, no dejar que el interrogante sobre Dios
se disuelva en nuestra alma, el deseo de lo que es más grande, el deseo
de conocerlo a él, su rostro...!
La otra condición muy concreta para la
subida es esta: puede estar en el lugar santo "el hombre de manos
inocentes y corazón puro". Manos inocentes son manos que no se usan para
actos de violencia. Son manos que no se ensucian con la corrupción, con
sobornos. Corazón puro: ¿cuándo el corazón es puro? Es puro un corazón
que no finge y no se mancha con la mentira y la hipocresía; un corazón
transparente como el agua de un manantial, porque no tiene dobleces. Es
puro un corazón que no se extravía en la embriaguez del placer; un
corazón cuyo amor es verdadero y no solamente pasión de un momento.
Manos inocentes y corazón puro: si
caminamos con Jesús, subimos y encontramos las purificaciones que nos
llevan verdaderamente a la altura a la que el hombre está destinado: la
amistad con Dios mismo.
El salmo 24, que habla de la subida,
termina con una liturgia de entrada ante el pórtico del templo:
"¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria". En la antigua liturgia del domingo de
Ramos, el sacerdote, al llegar ante el templo, llamaba fuertemente con
el asta de la cruz de la procesión al portón aún cerrado, que a
continuación se abría. Era una hermosa imagen para ilustrar el misterio
de Jesucristo mismo que, con el madero de su cruz, con la fuerza de su
amor que se entrega, ha llamado desde el lado del mundo a la puerta de
Dios; desde el lado de un mundo que no lograba encontrar el acceso a
Dios.
Con la cruz, Jesús ha abierto de par en par
la puerta de Dios, la puerta entre Dios y los hombres. Ahora ya está
abierta. Pero también desde el otro lado, el Señor llama con su cruz:
llama a las puertas del mundo, a las puertas de nuestro corazón, que con
tanta frecuencia y en tan gran número están cerradas para Dios. Y nos
dice más o menos lo siguiente: si las pruebas que Dios te da de su
existencia en la creación no logran abrirte a él; si la palabra de la
Escritura y el mensaje de la Iglesia te dejan indiferente, entonces
mírame a mí, al Dios que sufre por ti, que personalmente padece contigo;
mira que sufro por amor a ti y ábrete a mí, tu Señor y tu Dios.
Este es el llamamiento que en esta hora
dejamos penetrar en nuestro corazón. Que el Señor nos ayude a abrir la
puerta del corazón, la puerta del mundo, para que él, el Dios vivo,
pueda llegar en su Hijo a nuestro tiempo y cambiar nuestra vida. Amén.
Vaticano, 1 de abril de 2007
Benedictus PP. XVI
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