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VISITA PASTORAL DE SU
SANTIDAD BENEDICTO XVI A LORETO
CON OCASIÓN DEL ÁGORA DE LOS JÓVENES ITALIANOS
VIGILIA DE ORACIÓN CON
LOS JÓVENES
DISCURSO DEL PAPA
Explanada de Montorso de Loreto
Sábado 1 de septiembre de 2007
Queridos jóvenes, que constituís la esperanza de la Iglesia en Italia:
Me alegra encontrarme con vosotros en este lugar tan singular, en esta
velada especial, en la que se entrelazan oraciones, cantos y silencios,
una velada llena de esperanzas y profundas emociones. Este valle, donde en
el pasado también mi amado predecesor Juan Pablo II se encontró con muchos
de vosotros, ya se ha convertido en vuestra "ágora", en vuestra plaza sin
muros y sin barreras, donde convergen y parten mil caminos.
He escuchado con atención al que ha hablado en nombre de todos vosotros. A
este lugar de encuentro pacífico, auténtico y jubiloso, habéis llegado
impulsados por mil motivos diversos: unos por pertenecer a un grupo;
otros, invitados por algún amigo; otros, por íntima convicción; otros, con
alguna duda en el corazón; y otros, por simple curiosidad...
Cualquiera que sea el motivo que os ha traído aquí, quiero deciros que
quien nos ha reunido aquí, aunque hace falta valentía para decirlo, es el
Espíritu Santo. Sí, esto es lo que ha sucedido. Quien os ha guiado hasta
aquí es el Espíritu. Habéis venido con vuestras dudas y vuestras certezas,
con vuestras alegrías y vuestras preocupaciones. Ahora nos toca a todos
nosotros, a todos vosotros, abrir el corazón y ofrecer todo a Jesús.
Decidle: "Heme aquí. Ciertamente no soy todavía como tú quisieras que
fuera; ni siquiera logro entenderme a fondo a mí mismo, pero con tu ayuda
estoy dispuesto a seguirte. Señor Jesús, esta tarde quisiera hablarte,
haciendo mía la actitud interior y el abandono confiado de aquella joven
que hace dos mil años pronunció su "sí" al Padre, que la escogía para ser
tu Madre. El Padre la eligió porque era dócil y obediente a su voluntad".
Como ella, como la pequeña María, cada uno de vosotros, queridos jóvenes
amigos, diga con fe a Dios: "Heme aquí, hágase en mí según tu palabra".
¡Qué espectáculo tan admirable de fe joven y comprometedora estamos
viviendo esta tarde! Esta tarde, gracias a vosotros, Loreto se ha
convertido en la capital espiritual de los jóvenes, en el centro hacia el
que convergen idealmente las multitudes de jóvenes que pueblan los cinco
continentes.
En este momento nos sentimos, en cierto modo, rodeados por las
expectativas y las esperanzas de millones de jóvenes del mundo entero: en
esta misma hora unos están en vela, otros se encuentran durmiendo y otros
están estudiando o trabajando; unos esperan y otros desesperan; unos creen
y otros no logran creer; unos aman la vida y otros, en cambio, la están
desperdiciando.
Quisiera que a todos llegaran mis palabras: el Papa está cerca de
vosotros, comparte vuestras alegrías y vuestras tristezas; y comparte
sobre todo las esperanzas más íntimas que lleváis en vuestro corazón. Para
cada uno pide al Señor el don de una vida plena y feliz, una vida llena de
sentido, una vida verdadera.
Por desgracia, hoy, con frecuencia, muchos jóvenes creen que una
existencia plena y feliz es un sueño difícil —hemos escuchado muchos
testimonios—, a veces casi irrealizable. Muchos coetáneos vuestros piensan
en el futuro con miedo y se plantean no pocos interrogantes. Se preguntan,
preocupados: ¿Cómo integrarse en una sociedad marcada por numerosas y
graves injusticias y sufrimientos? ¿Cómo reaccionar ante el egoísmo y la
violencia, que a menudo parecen prevalecer? ¿Cómo dar sentido pleno a la
vida?
Con amor y convicción os repito a vosotros, jóvenes aquí presentes, y a
través de vosotros a vuestros coetáneos del mundo entero: ¡No tengáis
miedo! Cristo puede colmar las aspiraciones más íntimas de vuestro
corazón. ¿Acaso existen sueños irrealizables cuando es el Espíritu de Dios
quien los suscita y cultiva en el corazón? ¿Hay algo que pueda frenar
nuestro entusiasmo cuando estamos unidos a Cristo? Nada ni nadie, diría el
apóstol san Pablo, podrá separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús,
Señor nuestro (cf. Rm 8, 35-39).
Permitidme que os repita esta tarde: cada uno de vosotros, si permanece
unido a Cristo, puede realizar grandes cosas. Por eso, queridos amigos, no
debéis tener miedo de soñar, con los ojos abiertos, en grandes proyectos
de bien y no debéis desalentaros ante las dificultades. Cristo confía en
vosotros y desea que realicéis todos vuestros sueños más nobles y elevados
de auténtica felicidad.
Nada es imposible para quien se fía de Dios y se entrega a Dios. Mirad a
la joven María. El ángel le propuso algo realmente inconcebible:
participar del modo más comprometedor posible en el más grandioso de los
planes de Dios, la salvación de la humanidad. Como hemos escuchado en el
evangelio, ante esa propuesta María se turbó, pues era consciente de la
pequeñez de su ser frente a la omnipotencia de Dios, y se preguntó: ¿Cómo
es posible? ¿Por qué precisamente yo? Sin embargo, dispuesta a cumplir la
voluntad divina, pronunció prontamente su "sí", que cambió su vida y la
historia de la humanidad entera. Gracias a su "sí" hoy también nosotros
nos encontramos reunidos esta tarde.
Me pregunto y os pregunto: lo que Dios nos pide, por más arduo que pueda
parecernos, ¿podrá equipararse a lo que pidió a la joven María? Queridos
muchachos y muchachas, aprendamos de María a pronunciar nuestro "sí",
porque ella sabe de verdad lo que significa responder con generosidad a lo
que pide el Señor. María, queridos jóvenes, conoce vuestras aspiraciones
más nobles y profundas. Conoce bien, sobre todo, vuestro gran anhelo de
amor, vuestra necesidad de amar y ser amados. Mirándola a ella,
siguiéndola dócilmente, descubriréis la belleza del amor, pero no de un
amor que se usa y se tira, pasajero y engañoso, prisionero de una
mentalidad egoísta y materialista, sino del amor verdadero y profundo.
En lo más íntimo del corazón, todo muchacho y toda muchacha que se abre a
la vida cultiva el sueño de un amor que dé pleno sentido a su futuro. Para
muchos este sueño se realiza en la opción del matrimonio y en la formación
de una familia, donde el amor entre un hombre y una mujer se vive como don
recíproco y fiel, como entrega definitiva, sellada por el "sí" pronunciado
ante Dios el día del matrimonio, un "sí" para toda la vida.
Sé bien que este sueño hoy es cada vez más difícil de realizar. ¡Cuántos
fracasos del amor contempláis en vuestro entorno! ¡Cuántas parejas
inclinan la cabeza, rindiéndose, y se separan! ¡Cuántas familias se
desintegran! ¡Cuántos muchachos, incluso entre vosotros, han visto la
separación y el divorcio de sus padres!
A quienes se encuentran en situaciones tan delicadas y complejas quisiera
decirles esta tarde: la Madre de Dios, la comunidad de los creyentes, el
Papa están cerca de vosotros y oran para que la crisis que afecta a las
familias de nuestro tiempo no se transforme en un fracaso irreversible.
Ojalá que las familias cristianas, con la ayuda de la gracia divina, se
mantengan fieles al solemne compromiso de amor asumido con alegría ante el
sacerdote y ante la comunidad cristiana el día solemne del matrimonio.
Frente a tantos fracasos con frecuencia se formula esta pregunta: "¿Soy yo
mejor que mis amigos y que mis parientes, que lo han intentado y han
fracasado? ¿Por qué yo, precisamente yo, debería triunfar donde tantos
otros se rinden?". Este temor humano puede frenar incluso a los corazones
más valientes, pero en esta noche que nos espera, a los pies de su Santa
Casa, María os repetirá a cada uno de vosotros, queridos jóvenes amigos,
las palabras que el ángel le dirigió a ella: "¡No temáis! ¡No tengáis
miedo! El Espíritu Santo está con vosotros y no os abandona jamás. Nada es
imposible para quien confía en Dios".
Eso vale para quien está llamado a la vida matrimonial, y mucho más para
aquellos a quienes Dios propone una vida de total desprendimiento de los
bienes de la tierra a fin de entregarse a tiempo completo a su reino.
Algunos de entre vosotros habéis emprendido el camino del sacerdocio, de
la vida consagrada; algunos aspiráis a ser misioneros, conscientes de
cuántos y cuáles peligros implica. Pienso en los sacerdotes, en las
religiosas y en los laicos misioneros que han caído en la trinchera del
amor al servicio del Evangelio.
Nos podría decir muchas cosas al respecto el padre Giancarlo Bossi, por el
que oramos durante el tiempo de su secuestro en Filipinas, y hoy nos
alegramos de que esté aquí con nosotros. A través de él quisiera saludar y
dar las gracias a todos los que consagran su vida a Cristo en las
fronteras de la evangelización. Queridos jóvenes, si el Señor os llama a
vivir más íntimamente a su servicio, responded con generosidad. Tened la
certeza de que la vida dedicada a Dios nunca se gasta en vano.
Queridos jóvenes, antes de concluir estas palabras, quiero abrazaros con
corazón de padre. Os abrazo a cada uno, y os saludo cordialmente. Saludo a
los obispos presentes, comenzando por el arzobispo Angelo Bagnasco,
presidente de la Conferencia episcopal italiana, y al arzobispo Gianni
Danzi, que nos acoge en su comunidad eclesial. Saludo a los sacerdotes, a
los religiosos, a las religiosas y a los animadores que os acompañan.
Saludo a las autoridades civiles y a los que se han ocupado de la
organización de este encuentro.
Nos uniremos "virtualmente" más tarde y nos volveremos a ver mañana por la
mañana, al terminar esta noche de vela, para el momento más importante de
nuestro encuentro, cuando Jesús mismo se haga realmente presente en su
Palabra y en el misterio de la Eucaristía. Sin embargo, ya desde ahora
quisiera daros cita, a vosotros jóvenes, en Sydney, donde dentro de un año
se celebrará la próxima Jornada mundial de la juventud. Sé que Australia
está muy lejos y para los jóvenes italianos se encuentra literalmente en
los antípodas del mundo...
Oremos para que el Señor, que realiza todo prodigio, conceda a muchos de
vosotros estar allí; para que me lo conceda a mí y os lo conceda a
vosotros. Este es uno de los muchos sueños que esta noche, orando juntos,
encomendamos a María. Amén.
Benedictus PP. XVI
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