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Beato
Leopoldo de Alpandeire
Fray Leopoldo había nacido en
Alpandeire pueblecito de la serranía de Ronda en la provincia de Málaga, el 24
de junio de 1864. Fueron sus padres Diego Márquez y Jerónima Sánchez, que,
además, tuvieron otros hijos. De sus padres aprendió los buenos modales, los
principios cristianos y las prácticas religiosas. De niño cuidaba el pequeño
rebaño de ovejas y cabras de la familia y pronto aprendió a cultivar la tierra:
arar, sembrar, segar, trillar...Trabajó sin descanso. ¡Siempre trabajó sin
descanso! Ya de niño tenía un “corazón de oro”. Ni aun de niño se cerró,
egoísta, a la compasión. Entre trabajos y rezos pasó su juventud. Vivió
santamente. Entre su familia echó las raíces de su santidad. Su vida en el siglo
fue como un noviciado, una preparación para la vida del claustro.
Un día, oyendo predicar sobre el
Beato Diego, en Ronda, con ocasión de las fiestas de beatificación del
taumaturgo capuchino, decidió hacerse capuchino como él, vistiendo el hábito el
16 de noviembre de 1899, en Sevilla. Su ingreso en religión no fue una
conversión clamorosa, no supuso un cambio radical de rumbo en su vida, le bastó
sólo con sublimar compromisos y actitudes hasta entonces cultivadas. La azada lo
perseguía como fiel compañera mientras él continuaba cultivando la huerta de los
frailes.
Leopoldo fue un gran trabajador,
ya que estaba convencido de la virtud redentora del esfuerzo humano. Leopoldo
llegó por primera vez a Granada el otoño de 1903, y durante los primeros años
desempeñó el oficio de hortelano. El trabajo y la soledad del convento hicieron
crecer en él la ascesis y la mística.
Acabado el noviciado y hecha la
profesión, pasó cortas temporadas como hortelano, ayudante de cocina, en los
conventos de Sevilla, Granada y Antequera.
En 1914 llegaría por segunda vez
a Granada, donde permanecería hasta su muerte. Allí ejerció como limosnero
durante 50 años, recorriendo los pueblos y provincias de la Andalucía oriental.
En la España difícil de los años treinta del siglo pasado, Fr. Leopoldo recibió
insultos y amenazas de muerte, casi todos los días, con frecuencia lo apedreaban
y una vez escapó de la lapidación porque intervinieron en su defensa algunos
hombres valientes.
Pasados aquellos años difíciles,
Fr. Leopoldo, en su diario quehacer de limosnero, seguiría recorriendo las
calles de Granada, pidiendo el pan material para sus hermanos y, devolviendo a
cambio, su oración, fruto de ese mundo sobrenatural en el que él vivía inmerso;
así, en la medida en que avanzaban sus años, se iría haciendo popular su figura
y agigantándose su santidad.
Es en su tarea de todos los días,
donde Fr. Leopoldo había encontrado el modo de derramar sobre todos la bondad
divina: rezaba tres Ave Marías. La devoción a la Virgen nace en su misma
infancia, cuando de pastorcillo, pasaba el día rezando el rosario. Devoción que
luego de capuchino se hizo singular y extraordinaria. “Vamos a rezarle tres Ave
Marías a la Santísima Virgen”, repetía una y otra vez, cuando alguien le pedía
un favor. Era su manera de poner a la Virgen como intercesora ante su propio
Hijo.
En el ocaso de su vida, un
acontecimiento relevante nimbó la monotonía de sus días. Fue la celebración de
sus bodas de oro de religioso. El P. Benito de Illora, su confesor, preparó el
acontecimiento. Hubo bendición del papa Pío XII, telegrama del P. General de la
Orden, misa presidida por el P. Provincial y tantos bienhechores que quisieron
acompañarlo en la celebración. El hecho fue recogido en el periódico local. Fr.
Leopoldo, al tener noticia de ello, comentó a un religioso: “Ya ves, hermano,
nos hacemos religiosos para alejarnos del mundo y, ahora, hasta nos sacan en los
papeles”.
Tres años antes de su muerte,
pidiendo la limosna, cayó rodando por unas escaleras y sufrió fractura de fémur
- dicen que le empujó el demonio - . Sin operación alguna, debido a su avanzada
edad, los huesos se anudaron y Fr. Leopoldo regresó al convento y pudo caminar,
con la ayuda de dos bastones. Así pudo entregarse totalmente a Dios que había
sido la única pasión de su vida.
La luz de su vida se apagó una
fría mañana del 9 de febrero de 1956. Y, desde su popular y clamoroso entierro,
su vida sigue iluminando a cuantos, por su intercesión, se acercan a Dios. Su
sepulcro en Granada, es visitado por un sin fin de devotos que son prueba
evidente de los dones que Dios sigue derramando a través de la humildad de su
siervo.
Beatificado el 12 de septiembre
de 2010 en Granada.
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