El año litúrgico es el ciclo anual de las celebraciones cristianas, en el contexto del cual la Iglesia no sólo transmite, sino también vive su fe, vive la alegría de la presencia y el encuentro con el Señor resucitado.
El año litúrgico supone una concepción del tiempo que trasciende el aspecto meramente cronológico. En efecto, es patrimonio común del pensamiento judeocristiano el que Dios ha entrado en la historia. Por tanto, el tiempo deja de ser una vacía sucesión de días, meses y años, para llenarse con la presencia de la eternidad. Cristo resucitado actúa en el tiempo y, en consecuencia, celebrarlo ya no es un simple recuerdo de su persona u obras, sino un encontrarse con él y un actualizar en nuestro hoy la salvación que él consiguió de una vez para siempre. En la liturgia, pues, el tiempo es un permanente «hoy de gracia».
El año litúrgico no refleja tanto la vida terrena de Jesús de Nazaret, cronológicamente hablando, cuanto su misterio, es decir, el hecho de que en él —y, sobre todo, en su Pascua— se ha realizado plenamente el plan salvador de Dios. No hay que entender, pues, el ciclo anual de las celebraciones como una repetición de los acontecimientos de la vida de Jesús, sino más bien como un hacer crecer el misterio de Cristo hasta su consumación definitiva.
Jesucristo mismo es el origen del año litúrgico. Pues el culto de la Iglesia nació de la Pascua y para celebrar la Pascua: "Haced esto en memoria mía" había dicho Jesús a sus apóstoles en la última cena, instituyendo este banquete que sería memorial del acontecimiento cumbre de la salvación: su muerte y resurrección.
Al principio, el domingo es la fiesta única. Los cristianos se reúnen en este día, al que llaman el día del Señor (dies dominica, de ahí, domingo) por ser el primer día de la semana, el día de la resurrección del Señor y en él celebran la Eucaristía.
Pero de ahí surge la celebración de un gran domingo anual, memorial del día de Pascua, que se ampliará a los días anteriores, apareciendo así el Triduo Pascual. Ya en el siglo IV al Triduo Pascual le precede el tiempo de Cuaresma y le sigue la cincuentena pascual, que culmina en Pentecostés.
En el siglo IV está también configurado el ciclo de Navidad que, en simetría con la Pascua, tiene también su período de preparación con el tiempo de Adviento. Hay varias opiniones acerca del origen de este ciclo. Una afirma que surge para cristianizar la fiesta romana del Sol invicto; otra, que su origen es la necesidad de afirmar y difundir la fe auténtica en el misterio de la encarnación, en un siglo de grandes controversias doctrinales.
En conclusión, dos causas principales explican el origen del año litúrgico:
- La riqueza interna del misterio de Cristo hace necesario que se celebre en diversas festividades que, de una forma pedagógica, vayan poniendo progresivamente de relieve cada uno de sus acontecimientos salvíficos principales.
- Las necesidades pastorales suscitadas a la Iglesia por las diversas circunstancias históricas.
El tiempo de Adviento marca el inicio del año litúrgico. Es el tiempo de la celebración del misterio de la venida del Señor de la venida del Señor.
Precisamente la palabra «adviento» (del latín adventus) es la traducción de una palabra griega (parusía) que significa la venida o la llegada de un personaje muy importante. De ahí que en el Adviento celebramos una doble venida del Señor:
Algunos santos hablan, además, de una venida intermedia del Señor, que "en espíritu y poder" está siempre con nosotros, viniendo a nuestra vida (San Bernardo, Sermón 5 sobre el adviento del Señor, números 1-3).
Sobre el origen del tiempo de Adviento discrepan los historiadores. Algunos afirman que antes del siglo VII se desconoce en Roma, sin embargo, para otros se pueden encontrar ya en el siglo IV los elementos propios de este tiempo: el sentido escatológico y el sentido preparatorio a la Navidad.
Así que el tiempo de Adviento, tal como lo celebramos hoy está estructurado en dos períodos:
- el primero abarca desde el Domingo I hasta el día 16 de diciembre inclusive y el tema central que aparece en las lecturas y en los textos y oraciones de la Misa es el de la última y definitiva venida del Señor glorioso al final de la historia.
- el segundo período va desde el día 17 hasta el día 24 de diciembre y está centrado en el tema del nacimiento del Mesías, como preparación inmediata a la Navidad.
Otra característica muy importante del tiempo de Adviento es que en él destacan tres figuras muy importantes:
el profeta Isaías, que es el profeta del Adviento por ser el del Mesías futuro. Sus profecías sostienen durante este tiempo la esperanza en la intervención salvadora de Dios, por medio de su ungido, para salvar a su pueblo.
Juan el Bautista, el precursor del Señor, el «enlace» entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Juan señala a Jesús como el Mesías esperado, «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1). Su llamada a la conversión nos dispone para recibir en nuestras vidas al Salvador.
la Virgen María. El tiempo de Adviento es un tiempo fundamentalmente mariano, especialmente, durante su segunda etapa. A ella la contemplamos como la madre de Jesús, la mujer que con su obediencia a los planes de Dios se convierte en «puerta» por donde la salvación nos llega.
En el tiempo de Navidad celebramos el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, nacido en Belén, de la Virgen María. el centro del ciclo es el 25 de diciembre, solemnidad del Nacimiento del Señor.
El tiempo de Navidad se extiende desde las Primeras vísperas de Navidad hasta el domingo posterior a la Epifanía y si algo lo caracteriza es la acumulación de fiestas que en él se dan en un corto período de tiempo:
Los dos ejes fundamentales son: la solemnidad de la Navidad y la solemnidad de la Epifanía (6 de enero). El día de Navidad está centrado en el misterio de la encarnación, que es tan rico que se celebra en tres misas distintas: la primera en la medianoche se centra en el acontecimiento del nacimiento de Jesús en Belén, anunciado por los ángeles a los pastores; la segunda, en la aurora, contempla la reacción de los pastores al anuncio celestial; la tercer, durante el día, contempla el significado misterioso del acontecimiento del nacimiento de Jesús: es la encarnación del Hijo de Dios, la Palabra que se hace carne (Jn 1, 14).
El día de la Epifanía se celebra lo que la palabra significa: manifestación. Es decir, la manifestación de la salvación, que trae el Mesías nacido en Belén, a todos los pueblos, a todos los hombres de todas las razas, lenguas y culturas, que no forman parte del pueblo elegido, Israel. Esto representan la célebre figura de los Magos venidos de Orienta para adorar al niño Jesús y reconocerle, en sus regalos, como Dios (incienso), hombre (mirra) y Señor (oro).
Otra fiesta destacada de este ciclo es el 1 de enero, en la cual se celebran
conjuntamente: la octava de Navidad, la solemnidad de Santa María Madre de Dios
y la Jornada mundial de la Paz.
Además, se dan otras fiestas como: la Sagrada familia (el domingo
siguiente a la Navidad) y la fiesta del Bautismo del Señor (domingo
siguiente a la Epifanía), que cierra este tiempo de Navidad y nos introduce en
el tiempo ordinario.
El tiempo de Cuaresma es el tiempo que abarca desde el miércoles de ceniza (o desde el Domingo I) hasta la Misa de la cena del Señor, en la tarde del Jueves santo, excluida ésta. Se trata, pues, de un tiempo de unos 40 días, que es una cifra de un gran simbolismo bíblico, como tiempo de purificación y de experiencia de las maravillas del Señor.
El ciclo cuaresmal es, en realidad, un tiempo muy rico en significado, que no se agota en el simple ser un tiempo de ayunos o penitencias. Ya en el siglo IV, en las semanas anteriores a la Pascua, confluyen tres movimientos que son los que hoy dan sentido a nuestra Cuaresma:
- la preparación de los catecúmenos para el bautismo. La Cuaresma era el tiempo de la preparación más intensa y de las celebraciones preparatorias: profesión de fe, entrega del padrenuestro, escrutinios, etc.
- la penitencia pública. A los que pecaban tras el bautismo se les imponía una penitencia que debían cumplir, durante este tiempo, para ser reconciliados en la mañana del Jueves santo y poder, de esta forma, participar de los sacramentos en la noche Pascual.
- la preparación a la Pascua, con la meditación del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
La cuaresma tiene hoy estos tres aspectos: el bautismal —como tiempo de renovación de nuestra fe en la escucha más atenta de la Palabra de Dios y la oración), el penitencial (como tiempo para purificarnos de nuestros pecados) y el pascual (como tiempo para prepararnos a celebrar la muerte y resurrección de Cristo).
Este tiempo esta estructurado de la siguiente forma:
- Los dos primeros domingos son siempre iguales: el domingo I contemplamos a Jesús en el desierto, tentado por Satanás, como modelo de nuestra práctica cuaresmal; en el Domingo II contemplamos a Jesús transfigurado, como anuncio de nuestra participación definitiva en su Pascua.
- Los siguientes tres domingos (III, IV y V) son temáticos, es decir, cada año —en un ciclo de tres— pone de relieve un aspecto de la Cuaresma: un año se destaca el aspecto bautismal, con los pasajes en el evangelio de la Samaritana (Jn 4), el ciego de nacimiento (Jn 9) y la resurrección de Lázaro (Jn 11); otro año, se hace hincapié en el misterio de la muerte de Jesús y, un tercer año, se pone el acento en la penitencia y en la misericordia de Dios, con los evangelios de la higuera estéril, el hijo pródigo y la mujer adúltera.
- La última semana de Cuaresma es la Semana Santa. Comienza el Domingo de Ramos —que es a la vez: proclamación de la realeza de Jesús, el Mesías (procesión de palmas) y celebración de su Pasión (Misa del día)— y se extiende hasta la mañana del Jueves Santo, en la cual se celebra la Misa crismal con la bendición, por parte del obispo, de los santos óleos, la consagración del Crisma y la renovación de las promesas sacerdotales de los presbíteros, reunidos alrededor del obispo.
El auténtico corazón del año litúrgico lo ocupa el Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor. El Triduo pascual "comienza con la Misa vespertina de la cena del Señor, tiene su centro en la Vigilia pascual y acaba con las Vísperas del domingo de Resurrección" (Normas universales para el año litúrgico y el calendario, nº 19). Esto según el modo de contar los días reservado por la liturgia para los domingos y solemnidades, es decir, comenzando a contar el día en la tarde del anterior. Así, los tres días del Triduo Pascual son estos:
día 1º: Viernes Santo, comenzado la tarde anterior en la Misa de la cena del Señor (recuerdo de la institución de la Eucaristía, verdadero sacrificio, que actualiza por siempre el sacrificio del Calvario). Este primer día de Triduo se celebra la muerte del Señor, contemplada como muerte gloriosa del Cordero Pascual (así nos lo presenta san Juan en su relato de la Pasión, que se lee en la celebración de este día). Este memorial de la Pasión de Jesús tiene lugar el Viernes santo en una celebración peculiar, que se desarrolla en tres actos: liturgia de la Palabra (cuyo centro es la lectura de la Pasión según san Juan); adoración de la cruz (no tanto como objeto, cuanto como signo de la victoria de Jesús sobre la muerte) y la comunión (participación nuestra en la Pascua de Cristo).
día 2º: Sábado Santo. Aunque nuestras costumbres nos hacen vivirlo como un día de preparativos para el día de Pascua, en la tradición es llamado «el gran Sábado». Es día de expectación, de silencio, de oración ante el altar desnudo, presidido por la cruz, en la espera de la noche santa de la Resurrección.
día 3º: Domingo de resurrección. Se abre con la gran Vigilia Pascual de la Resurrección del Señor, que es la «madre de todas las Vigilias», la primera y principal de las celebraciones cristianas de todo el año. Durante este día la Eucaristía está centrada también en el gran acontecimiento de la resurrección, contemplado desde la experiencia que de él tienen los discípulos, bien en el sepulcro vacío, bien en el encuentro con el Resucitado (los discípulos de Emaús en el evangelio de la Misa vespertina).
Después del Triduo pascual, los cincuenta días que se llaman Tiempo pascual y llegan hasta Pentecostés, son como la prolongación del día de Pascua, como si de un único y gran domingo se tratase.
Este largo período de siete semanas está estructurado en diversos períodos:
- Los domingos II y III son los domingos de las apariciones, pues el evangelio de estos días nos pone ante estas experiencias del Señor resucitado que tuvieron los discípulos.
- El domingo IV se llama domingo del Buen Pastor, porque en él se leen diversos fragmentos de este discurso de Jesús, que se encuentra en el capítulo 10 del evangelio de san Juan, en el que se presenta como Pastor que da la vida por sus ovejas.
- Los domingos V, VI y VII están dedicados a la lectura del discurso de despedida de Jesús, en la sobremesa de la última cena, como un anuncio de su glorificación y del envío del Espíritu Santo. El mismo domingo VII se celebra la fiesta de la Ascensión de Jesús al cielo.
- Finalmente, la cincuenta pascual concluye con el domingo de Pentecostés. El evangelio de este día nos vuelve a situar con los apóstoles la tarde del día de Pascua, cuando Jesús, presentándose ante ellos les concede el don de su Espíritu. Así se pone de manifiesto que estos 50 días no han sido sino un único domingo y que el Espíritu Santo es el regalo más precioso y el fruto más excelente de la Pascua de Jesús.
La Pascua cristiana, aunque surge en el contexto de la celebración de la pascua judía, es totalmente nueva. Si aquélla era memorial del acontecimiento de la liberación del pueblo de Egipto, la Pascua cristiana tiene por contenido el misterio de Cristo, salvador de los hombres por medio de su muerte y resurrección.
Llamamos así a las 33 ó 34 semanas en las que no se celebra ningún aspecto peculiar del misterio de Cristo, como ocurre en el Propio del Tiempo (Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua. En el Tiempo durante el año se conmemora, más bien, el misterio de Cristo en su plenitud, en su conjunto.
Su centro neurálgico lo constituye el domingo y, en este sentido, constituye uno de los tiempos más antiguos que existe, pues antes de la diversificación de las fiestas y de los tiempos, se celebraba únicamente el domingo, el «día del Señor».
El Tiempo ordinario durante el año pretende desarrollar ante los ojos de los fieles los episodios de la vida terrena del Hijo de Dios y, sobre todo, su predicación. Pero no pretende hacerlo con un interés cronológico ni biográfico, sino temático, a modo de cuadros en los que se van resaltando diversos aspectos o momentos de la predicación de Jesús.