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Vicente Ferrer Andreu, SEMINARISTA
 

 

       Siempre resulta difícil contar cómo surge la vocación, cómo se responde a la llamada de Dios. Desde mi experiencia como candidato al orden del presbiterado, puedo decir que no se trata de una visión sobrenatural, no es una aparición que tuve un día de Dios que me dijo "sígueme". Cuando desde niño estás vinculado a una comunidad parroquial y vas creciendo en ella, y te vas responsabilizando en la tarea que te encomienda la Iglesia, no es imposible que en algún momento sientas la llamada del Señor que te invita a seguirle a trabajar por el Reino de Dios.

       La palabra "vocación" podría traducirla como "llamada". Llamada que hace Dios a toda persona que acepte este camino y estilo de vida, un camino que podemos emprenderlo desde muchos estados diferentes.

       La mayoría de personas optan por el matrimonio como forma de vida, pero en la comunidad cristiana también se requiere la asistencia de un Presbítero, persona consagrada a Dios para la evangelización y la administración de los sacramentos a los fieles de la Comunidad.

       Siempre aparecen las dudas y el miedo a entregarte a Él y abandonar todo lo que tienes, cuando te sientes seducido por la sociedad de consumo y la cultura de hoy día. Pero, al final, tienes que tomar una decisión, tienes que dar respuesta a lo que Dios te pide sin escapatoria. Te dejas guiar por lo que el Espíritu te dice, y respondes, pero respondes con toda libertad. Así podría decir que la vocación sacerdotal, es una iniciativa de Dios y respuesta de hombre, como dice el evangelista Marcos 3, 13: "Jesús subió al Monte, y llamando a los que Él quiso, vinieron a Él". Por un lado está la decisión absolutamente libre de Jesús, y por otro el venir de los Doce, el seguir a Jesús.

       Una vez te incorporas al Seminario te preguntas ¿Cómo quiere el Señor que sea? ¿Qué espera el Señor de mí? Reflexionas y, teniendo como modelo a Jesús Buen Pastor, ves lo que espera de ti. Un sacerdote enamorado de Él con una experiencia de Dios y una intensa vida espiritual. Con un claro sentido de Iglesia, en estrecha comunión de corazones con mis compañeros en el ministerio, y con las personas concretas con las que me ha tocado vivir y con obediencia al Obispo.

       Vivir el ministerio como servicio a Dios y a la comunidad, como servidores de todos, sabiendo estar a la cabeza y ocupando el último lugar. Conocedor de lo que pasa en el mundo, con los pies en el suelo y en sintonía con las búsquedas, los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy. Que sea hombre de mi época, abierto a las corrientes de pensamientos actuales, sin sentir miedo de ir contra corriente. A esto es a lo que el Señor me llama. Así quiero ser yo, si esa es la voluntad de Dios.

       Para terminar me gustaría citar al papa Juan Pablo II:

Con nuestra experiencia, os podemos asegurar que vale la pena dedicar toda la vida y todas las fuerzas como sacerdotes, al servicio del Pueblo de Dios, pese a todas las dificultades, este estilo de vida proporciona siempre alegría y satisfacción. Jesús nos ha prometido: "quien pierda la vida por mí, la ganará". La iglesia y el mundo esperan sacerdotes que, con plena libertad, quieran servir como buenos pastores a Dios y a su pueblo.