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  Sor María Ángeles de la Cruz, RELIGIOSA DE CLAUSURA

«Aprendizaje en el amor»

  

       Desde el silencio y la oración, la vida contemplativa nos enseña a amar a través de la desnudez diaria del corazón, que al ir despojándose de todo, se va llenando cada vez más de Dios. Es un don, un regalo, en definitiva, una llamada a vivir el amor, del amor y para el amor.

       Desde la sencillez de nuestra vida nos abrimos a la acción del Espíritu para que Él haga de nosotras signo y baluarte de su inmenso amor por el mundo. El silencio y la oración no nos separan de las realidades externas sino que, como dicen nuestras Constituciones: "Alcanza su plenitud más allá de los límites del monasterio, en comunión con la Orden y con toda la Iglesia" (Const. art. 1, n. 2)

       ¡¡¡con la humanidad entera!!! Nuestra unión con Cristo en la oración nos hace sensibles a las necesidades profundas de nuestros hermanos, pues sólo Él es capaz de hacernos sentir y vivir el dolor y sufrimiento del mundo en toda su crudeza a la vez que sus alegrías y esperanzas.

       Sentimos nuestra oración como generadora de vida, pues es el mismo Dios el que impregna a toda la humanidad con el aroma de nuestro amor hecho entrega. Una entrega que no sería posible sin el impulso ineludible de un "SÍ" que parte siempre de la mirada cautivadora de Aquél que nos ha amado primero. De ahí que, aún escondida, nuestra vida sea siempre fecunda pues sólo el auténtico amor es capaz de crear vida.

       Como contemplativas estamos llamadas a ser la raíz de un árbol (la Iglesia), que dé frutos de Resurrección, alentando y llenando de la savia nueva del Espíritu a todos aquellos que diariamente entregan su vida por sus hermanos y el Evangelio.