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 Oración del catequista

Señor.

Tú eres la luz que brilla en la historia
y en la plenitud de los tiempos;
el Sol de justicia que nos vino por María,
la Aurora bellísima que te anunció y que te trajo.

Tú, Señor,
eres la luz que nació en mitad de la noche
en los campos oscuros de Belén.
Eres la luz que alumbró al salir del sepulcro en la resurrección.
Tú eres la luz densísima
que brilló sobre los discípulos reunidos en el cenáculo,
cuando vino el Espíritu Santo.
Tú eres la luz verdadera
que viene constantemente a este mundo.

Tú has venido para revelarnos al Padre,
para comunicarnos la vida.
Tú eres la Palabra que estaba en Dios,
la Palabra que era luz, que era vida.

Has querido que yo fuera luz.
Por el bautismo, Señor,
me has incorporado a tu cruz y a tu muerte,
a tu gloria y a tu resurrección;
por eso me has sacado de las tinieblas
y me has trasladado al reino de la luz,
y me pides que sea luz del mundo.

No tengo que ocultarme,
tengo que ser hoguera;
pero, Señor,
tengo que vivir muy hondamente en Ti para ser luz;
porque si no, me contagiaré de la superficialidad del mundo.

Tú me has elegido
de una manera particular en la Iglesia
para que sea luz,
viviendo a fondo el misterio de mi misión,
que es misterio de amor.

Señor,
haz que sea luz
porque el mundo de hoy espera de mí esa transparencia,
esa claridad que irradias Tú.

Señor,
yo veo que mi vida se ha vuelto tan opaca
que no deja pasar la luz,
es demasiado tenebrosa.
Y si la luz que hay en mí se hace tiniebla,
¡qué oscuridad habrá!

Señor,
hace falta que Tú aumentes mi fe,
que me hagas más profundo en la contemplación,
más ardiente en la caridad,
más sereno en la cruz
y más alegre en la tarea de catequista.

Señor, que eres la luz,
el que te siga tendrá la luz de la vida.
Ayúdame a ser luz por María,
la Madre de la Luz. Amén.